Hay algo mágico en ver a los niños crecer junto a la naturaleza y a las pequeñas reglas de la vida. En el Nido “Magia”, el verano llegó con el perfume de la tierra y el agua de un pequeño lago de montaña: niños y padres de la mano, dando de comer a los gansos, descubriendo los caballos, ensuciándose los dedos al plantar pequeñas plantitas en el huerto.
No son simples actividades, sino verdaderos momentos de descubrimiento compartido, donde cada sonrisa entre un padre y su hijo se convierte en un recuerdo que permanecerá.
Y luego la búsqueda de residuos escondidos en el jardín, transformada en un juego de equipo que enseña —sin decirlo abiertamente— lo valioso que es el mundo que nos rodea.
En la Escuela de la Infancia “A. Gianelli”, el año fue un camino de crecimiento hecho de pequeños pasos importantes: aprender a cruzar la calle, reconocer las señales, comprender el valor de las reglas —no como prohibiciones, sino como gestos de amor hacia uno mismo y hacia los demás.
La visita a la Policía de Tránsito, con los niños a bordo de los autos y los ojos llenos de maravilla, hizo concreto un aprendizaje que los acompañará toda la vida.
Pero el momento más conmovedor llegó en junio, con la fiesta de fin de año.
Los niños, protagonistas de una representación que contaba todo lo que habían aprendido, cantaron también en inglés y en friulano, custodiando sus raíces.
Y luego la despedida de los “grandes”, los que están listos para la escuela primaria: aplausos, sonrisas y alguna lágrima emocionada entre maestras y familias, en el recuerdo de años hechos de juegos, amistades y pequeñas conquistas cotidianas.
El año se cerró el 14 de julio con una fiesta del agua en el jardín de la escuela —chorros, risas, cubitos— el último regalo antes de las vacaciones, una manera dulce de decir “hasta pronto”.




