
125 AÑOS DE LA LLEGADA A TIERRA SANTA
125 AÑOS DE PRESENCIA: ESPERANZA RADIANTE EN EL HORTUS CONCLUSUS DE ORTAS, PALESTINA La presencia de las Hijas de Nuestra Señora del Jardín durante 125
¡No es tiempo de dormir!
“La caridad cruzó los mares”
Montevideo, 29 de marzo de 2026.
El presente relato intenta ser un puente entre el ayer heroico y el hoy desafiante, para que la semilla de caridad evangélica vigilante sembrada en tierras americanas hace 170 años siga dando fruto en los corazones, las comunidades y las obras.
San Antonio María Gianelli soñó un Instituto femenino que se distinguiera por una caridad operativa y sacrificial, una pobreza radical, vivida con alegría y confianza en la Providencia y universal, abierto a la misión, más allá de fronteras geográficas y culturales. En su visión, las Hijas de María Santísima del Huerto debían estar “prontas para responder, donde la necesidad llama. Siempre y en todo lugar”. De este modo preparaba el corazón del Instituto para responder a llamados lejanos, como el que llegaría desde Montevideo pocos años después de su muerte.
En 1855, el Hospital de Caridad de Montevideo necesitaba dirección religiosa. La Comisión Auxiliar, presidida por Francisco Vidal y Juan Ramón Gómez, encargó al Pbro. Isidoro Fernández buscar en Europa cuatro Hermanas de Caridad. Durante dos años, el P. Fernández recibe negativas por la inestabilidad política y las guerras del Río de la Plata. Poco antes de regresar, en Génova, el Canónigo Magnasco le sugiere: “las Gianellinas”.
Al encontrar a la Hermana Clara en Génova la entrevistó exponiéndole la naturaleza del pedido encomendado desde Uruguay. A la Madre Clara se le abrió el corazón y aceptó la propuesta condicionada a que la Madre Superiora consintiera. Partió presurosa hacia Chiávari, donde llegó de noche y tocó la campana pero nadie respondía, toda la comunidad estaba durmiendo. Entonces la Madre Clara se colocó bajo una ventana y con indescriptible entusiasmo y alegría desbordante pronunció un grito que quedaría en la memoria del Instituto: “Hermanas no es hora de dormir, América nos espera”. Al oír la voz de la Madre Clara se levantaron inmediatamente y esa misma noche respondieron que sí. En 48 horas prepararon el viaje. Se hacía vida en este sí la profecía de San Antonio Gianelli: “Con la pobreza por escolta y por guía, cruzarán los mares”
El siglo XIX en el Río de la Plata ofrecía precisamente un escenario de grandes necesidades, tierra fértil para encarnar la Caridad Evangélica Vigilante: guerras civiles y conflictos internacionales, epidemias recurrentes, pobreza extrema, orfandad, precariedad sanitaria. Tensiones crecientes entre Iglesia y Estado.
En ese contexto, la llegada de las Hermanas del Huerto a Montevideo el 18 de Noviembre de 1856, luego de un viaje de tres meses marcado por varias adversidades, fue como el lanzar un ancla de esperanza en medio de un mar agitado. Estas primeras ocho apóstoles de nuestro Instituto en América, bajo la guía de la Madre Clara, con un corazón inflamado de pasión por Cristo y una entrega incansable, hicieron fecundo nuestro carisma sirviendo a los más vulnerables en los campos de la salud, la educación y la solidaridad social.
En efecto, los primeros años de la misión de las hermanas en América, consistió en “estar donde otros no podían o no querían”: hospitales de sangre, asilos de niños y de enfermos infecciosos, ciudades situadas, campos de batalla y contextos de laicismo agresivo. Sus testimonios de caridad hecha gesto concreto, de permanencia materna junto al dolor, de ternura y fortaleza para cuidar la vida naciente, de palabras suaves y miradas de fe frente al miedo y la proximidad de la muerte, en definitiva, de respuestas prontas, al modo de la Virgen, a las necesidades emergentes despertó la admiración y gratitud entre diversos líderes, gobernantes y el pueblo, haciendo que el fuego de la Caridad Evangélica Vigilante se extendiera conforme a los tiempos de Dios, en Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Bolivia y cruzara desde estas tierras a Tierra Santa y España.
Al celebrar con gozo estos 170 años de presencia gianellina en América, sintamos renacer en nuestro corazón una profunda gratitud por estas ocho heroínas italianas, pues el sí de ellas a los planes de Dios nos permiten hoy ser protagonistas de esta hermosa historia. Contemplemos con memoria agradecida su legado; reconozcamos en él una huella hecha de amor paciente, de entrega silenciosa, de fe concreta. Una huella que despertó la vocación religiosa en innumerables jóvenes americanas, y que marcó la vida de muchos laicos. Una vivencia carismática que también hoy toca profundamente la vida y misión de todos nosotros y que nos sigue inspirando a educar, cuidar y acompañar la vida con el mismo espíritu: con ternura firme, con mirada atenta y con un corazón siempre dispuesto a amar.
Testimoniemos con pasión que el carisma gianellino es una llama viva que no se apaga, que está vivo hoy, en quiénes, con el mismo ardor misionero de los que nos precedieron, nos acercamos a las nuevas periferias, encarnando la caridad evangélica vigilante, guardando en lo profundo de nuestro corazón el eco de aquella voz que despertó a la Congregación y que sigue dando nueva vida a nuestro carisma: ¡no es tiempo de dormir!

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